La radiactividad

Después de las últimas noticias, unos 18.000 muertos como consecuencia del terremoto y posterior tsunami, la amenaza de la radiactividad, aunque algo más controlada la temperatura de la central de Fuskushima, pende sobre todos. 30 kilómetros tierra adentro de la central

se acumulaban el 18 de marzo hasta 170 microsieverts por hora. ¿Qué riesgo implica para la salud? “Una dosis equivalente a 1.400 milisieverts al año, casi

700 veces más de lo normal. Si fuera permanente, incrementa casi por 10 el riesgo de padecer cáncer”, calcula Francesc Barquinero, biólogo colaborador del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Se calcula que 5.000 milisieverts serían letales. A 60 kilómetros alrededor de Fukushima se detectan más de 100 milisieverts por hora, umbral que incrementa hasta el 5% la probabilidad de padecer cáncer con una sola hora de exposición. Para niños y fetos ese límite es menor, entre 10 y 50 milisieverts. Leído en el País.

Para explicar todo esto, hay que empezar por decir que todos estamos expuestos a las radiaciones. La radiactividad es la pérdida de energía de un átomo inestable (llamado radioisótopo) a través de la emisión espontánea de partículas ionizantes (alfa que desprenden partículas cargadas positivamente compuestas por dos neutrones y dos protones, beta que desprenden electrones o positrones procedentes del núcleo o gamma, que desprenden ondas electromagnéticas.

La gamma es la más penetrante). Cuando un átomo libera una partícula radiactiva se transforma en otro más estable, desprendiendo energía. La radiactividad se mide en Becquereles (Bq), en honor a su descubridor.

Pero, lo que importa es el efecto que la radiactividad produce sobre la salud, que depende de la dosis absorbida por el organismo, que es la llamada dosis equivalente, que se obtiene multiplicando cada radiación absorbida por un coeficiente de ponderación para tener en cuenta la diferente nocividad de las radiaciones. Esta se mide en sieverts (Sv) para medir la peligrosidad de un elemento, ya que el becquerel considera idénticos erróneamente los tres tipos de radiaciones (alfa, beta y gamma). Las radiaciones alfa y beta son relativamente poco peligrosas fuera del cuerpo, ya que son poco penetrantes, pero son extremadamente peligrosas cuando se inhalan. Por otro lado, las radiaciones gamma son siempre dañinas, son muy penetrantes y energéticas por lo que se les neutraliza con dificultad.

El riesgo para la salud no sólo depende de la intensidad de la radiación y de la duración de la exposición, sino también del tipo de tejido afectado y de su capacidad de absorción. Por ejemplo, los órganos reproductores son 20 veces más sensibles que la piel. En una semana, todos nos hemos vuelto especialistas en milisiever. Así, hemos aprendido que para la población general, el límite de dosis efectiva (dosis acumulada) es de 1 mSv por año, aunque en circunstancias especiales puede permitirse un valor de dosis efectiva más elevado en un único año, siempre que no se sobrepasen 5 mSv en cinco años consecutivos: de media 2,4.

Los probables efectos en los seres humanos, según  la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos: la exposición de 50 a 100 mSv: cambios en la química sanguínea.  500 mSv: náuseas.  700 mSv: vómitos. 750 mSv: pérdida de cabello, dentro de 2 a 3 semanas. 900 mSv: diarrea. 1.000 mSv: hemorragia. 4.000 mSv: posible muerte dentro de dos meses si no se trata. 10.000 mSv: destrucción de la mucosa intestinal, hemorragia interna y muerte en una a dos semanas. 20.000 mSv: daños al sistema nervioso central, pérdida de la conciencia  y muerte en cuestión de horas o días.

¿Cómo se puede reducir la dosis? A través de tres métodos: 1) reducción del tiempo de exposición, 2) aumento del blindaje y 3) aumento de la distancia a la fuente radiante.

Las consecuencias de sus efectos terminan acumulándose en todos los órganos provocando graves alteraciones para la salud. Yodo 131, estroncio 90 y cesio 137 encabezan la lista los contaminantes radioactivos que resultan más agresivos para el organismo.

El Iodo es un bioelemento esencial para la vida: no podemos vivir sin él. Interviene en el crecimiento y la formación del sistema nervioso y resulta imprescindible para la formación de las hormonas tiroideas. Su déficit produce retrasos que pueden llegar al cretinismo.

¿Dónde se encuentra el yodo? Principalmente en los pescados, sobre todo en el bacalao,  aunque también tienen niveles muy altos los salmonetes. Después, algunas verduras como las espinacas, las nueces y las algas (especialmente la variedad Kombú que es una de las más ricas en yodo y por su contenido en ácido algínico actúa como un limpiador natural y eliminador de toxinas). Leche, huevos, hortalizas y frutas también contienen Iodo. Se calcula que sería suficiente ingerir al día la cantidad de sal yodada que cabe en una cucharadita de café, unos tres gramos y que consumir de tres a cuatro raciones de pescado a la semana cubre las necesidades de yodo.

El yodo 131. La radiación ionizante va a afectar en primer lugar a la médula ósea, además de a la piel y lo que uno respira. Se puede disminuir su cantidad cubriéndose pelo y piel el máximo posible, así como procurando salir el mínimo posible, no abriendo ventanas, y lavando la ropa y duchándose.

Se recomienda tomar yodo, ¿por qué? Porque el tiroides fabrica las hormonas tiroideas a partir del Iodo: si se lo aportamos en forma de Ioduro potásico antes, evitamos que lo tome del ambiente en el que prima el Iodo radiactivo, por lo que bloqueamos el tiroides y evitamos el desarrollo de un cáncer.

Dosis: La dosis prefijada va, según el doctor Rafael Herranz, «de 130 miligramos en adultos, un comprimido al día durante un periodo de cinco días, mientras que a los niños, la cantidad no llega ni a la cuarta parte». Pero no es recomendable tomar en exceso, porque se puede provocar bocio, e incluso hipotiroidismo porque la hormona hipofisiaria que estimula el tiroides se secretaría en menores cantidades cuando hay mucho yodo en la sangre.

Cesio 137, es un subproducto de emisión en plantas nucleares dañadas. En contacto con cesio radiactivo, se experimenta daño celular pudiendo producir náuseas, vómitos, diarreas, y hemorragias. Si la exposición es larga la gente puede incluso perder el conocimiento, entrar en coma o incluso morir.

El Estroncio 90, con un período de semidesintegración de 28,78 años, es un subproducto de la lluvia nuclear que sigue a las explosiones nucleares y que representa un importante riesgo sanitario ya que sustituye con facilidad al calcio en los huesos dificultando su eliminación.

http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Alfa_beta_gamma_radiation.svg

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Acerca de Isabel Etayo

Profesora Biología y Geología.
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